
Amar en tiempos de captchas, una reflexión sobre los tiempos que corren más deprisa que nosotros.
Hace poco me disponía, sandunguera y campante, a enchufarme en vena algo de música en mi Spotify.
Spotify es una aplicación que permite acceder a un potable archivo de músicas variopintas. Se puede hacer listas propias o colaborativas, envenenar la bandeja de entrada de los contactos, seguir a los artistas que embelesan; cosas así, de filia profunda.
Nunca me había fijado en la opción ‘discover’. Por eso me quedé perpleja y aterrorizada cuando comencé a leer las amables y del todo inofensivas sugerencias de la pestaña indiscreta. “Has escuchado a Fulano, es posible que te guste Mengano”. “¿Te gustan Éste y el Otro? Pues sin duda te gustará Eldemásallá”. HORROR. Es hora de sacar de paseo a la reaccionaria que llevo dentro. Parecerá una chorrada, pero a mi parco entender –operativo desde la Era sin Internet-, hay una diferencia básica entre cimentar el gusto orgánicamente y que te lo sugiera un algoritmo: lo uno es parte del fluir natural de los acontecimientos y lo otro es tan forzado como salir con un captcha*. Por todo lo que se agita, ¡¡¿qué será lo maldito próximo?!! ¿Cambiar el nombre al matrimonio por ‘hacerse premium’?