
Ellas nos traen a este mundo con todo ese mimo que sólo una madre es capaz de dar: caricias, arrumacos, besos y mohines de cariño a raudales… Por otra parte, hay que destacar: dosis de paciencia infinita, mil noches sin dormir y toda una larga lista de tareas que figuran en el manual de estilo de una buena madre. Cuando una mujer pasa a ser “mamá” prodiga a sus bebés todo tipo de atenciones.
Sin embargo, su labor comienza mucho antes, justo nueve meses antes de que el sueño se transforme en una chillona y dulce realidad con pañales. Y casi desde el primer momento se convierte en un trabajo a jornada completa. El proceso de concepción es una especie de milagro íntimo que culmina en una de las experiencias más transcendentales de nuestra vida: engendrar un nuevo ser. Cuando llega el momento de cortar el cordón umbilical se produce la separación física pero jamás emocional, porque un hijo es un hijo y esa unión no se rompe jamás. Aunque nuestro adorado poyuelo haya sobrepasado los 50, siempre le veremos como un chiquitín que ha mamado de nuestros pechos.
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