Cuando Madonna se une a Dolce&Gabbana y aparece en una campaña rodeada de cuerpos mucho más jóvenes, no estamos ante un despiste generacional ni un casting mal calibrado. Es una declaración. Y, como casi todo lo que hace Madonna desde hace cuatro décadas, una declaración incómoda para algunos y estimulante para otros.

La nueva campaña protagonizada por Madonna para el relanzamiento de The One, de Dolce&Gabbana, juega precisamente ahí. En el choque entre edad, poder, deseo y mirada social. Esto llega en un momento en que las críticas de Bella Hadid contra D&G se han hecho virales, y señalan a la firma de moda y perfumes por años de racismo, sexismo, xenofobia e intolerancia.

La escena está pensada con pulso cinematográfico setentero, firmada por Mert Alas, y no es casual. Los años 70 fueron una época en la que el deseo femenino empezó a representarse con menos pudor y más ambigüedad moral. Madonna, que ha hecho de la ambigüedad su lengua materna, ocupa el centro del plano no como recuerdo glorioso, sino como sujeto activo. No observa, dirige. Y seduce para controlar el tempo, liberada del deseo de agradar.

El contraste con modelos jóvenes tensa su figura. Y ahí está el gesto sociológico interesante. La industria de la moda lleva años obsesionada con la diversidad, pero sigue mostrando una alergia bastante clara a la mujer madura cuando comparte espacio con juventud extrema. En ese contexto, Madonna no aparece para pedir permiso, sino para romper la escena. Descoloca a la juventud con la que, aparentemente, compite. Pero juventud es el contexto, y ella, el argumento.

Hay algo casi pedagógico en esta puesta en escena. La campaña no intenta convencernos de que la edad no importa. Importa, y mucho. Lo que hace es resignificarla. Madonna no es sexy ‘a pesar de’ su edad, sino con ella. La edad se convierte en un atributo de poder narrativo, no en un lastre que haya que disimular con filtros emocionales o caritativos discursos de autoaceptación.

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Madonna, de niña a mujer

El guiño musical a ‘La Bambola’, cantada en italiano, remata el mensaje. Patty Pravo fue símbolo de emancipación femenina en otra época convulsa. Madonna recoge ese testigo sin nostalgia. Aquí hay una especie ironía lúcida antes que melancolía. La muñeca ya no es manipulada, lleva las riendas y es ella quien manipula. Y lo hace con plena conciencia de cómo funciona la mirada ajena.

En el fondo, esta campaña dice más sobre nosotros que sobre ella. Sobre lo incómodos que seguimos estando cuando una mujer madura no ocupa el lugar de madre, mentora o icono desexualizado, sino el de sujeto deseante en primer plano. Sobre cómo seguimos leyendo la edad femenina como anomalía cuando se cruza con erotismo y control.

Dolce & Gabbana no está vendiendo solo un perfume. Está poniendo un espejo algo incómodo delante del espectador. Y Madonna, como siempre, no se limita a posar frente a él. Lo sostiene, lo inclina ligeramente… y nos obliga a mirarnos mejor.

El relanzamiento de The One Eau de Parfum Intense (versiones masculina y femenina), creado por Quentin Bisch, acompaña bien el relato porque huye de la ligereza juvenil que suele asociarse a lo ‘nuevo’. Aquí no hay frescura aniñada ni optimismo naïf. Hay densidad, especia, flores con pulso y una vainilla ambarina que no busca agradar a la primera. Un perfume que no pide validación inmediata, algo muy alineado con la figura que lo encarna.

Aunque con Madonna vestida de seda, la marca está rodeada de controversia porque Bella Hadid ha hablado sin pelos en la lengua

Ese brillo, sin embargo, no existe en el vacío. La campaña llega en un momento en el que Dolce&Gabbana vuelve a estar rodeada de polémica por cuestiones que ya no se despachan como ‘ruido externo’. Las críticas públicas de Bella Hadid, quien ha señalado a la firma por años de racismo, sexismo, xenofobia e intolerancia, han reactivado un debate incómodo pero necesario. Quién sostiene hoy a las marcas y con qué coste simbólico. Hadid no habla solo de diseñadores, sino de un sistema entero de complicidades que incluye modelos, estilistas, castings y celebridades que siguen prestando su imagen como si nada. En ese contexto, la elección de Madonna resulta aún más elocuente. Ella no funciona como lavado ético ni como distracción amable, sino como figura que absorbe la contradicción y la devuelve amplificada. La campaña seduce, sí, pero también obliga a una pregunta menos estética y más política: ¿hasta qué punto seguimos celebrando el relato sin querer mirar el marco?