En las últimas horas, las redes sociales y buena parte de los medios han convertido en tema de conversación algo que, en teoría, debería haber pasado sin pena ni gloria. Una mujer, Aitana Bonmatí en este caso (aunque podía haber sido otra), respondiendo con naturalidad a una pregunta sobre su sexualidad.

Aitana Bonmatí, futbolista del FC Barcelona Femení, se recupera estos días de una fractura de peroné. Entre tanto, ha aprovechado el reposo para responder a una ronda de preguntas en su cuenta de Instagram.

Entre cuestiones deportivas y mensajes de apoyo, apareció la clásica pregunta directa, sin rodeos: ‘¿Te gustan los hombres, las mujeres o los dos?’. La respuesta fue igual de clara: ‘Hombres. No hace falta que lo diga, pero respeto todas las formas de querer y vincularse’. Fin. O eso cabría esperar.

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Lo llamativo no ha sido lo que dijo, sino el eco que ha generado el simple hecho de decirlo. Parte del público se sorprendió de que una deportista de élite se definiera como heterosexual (claro, como juega al fútbol invariablemente ha de ser ‘un chicazo’). Otros interpretaron la respuesta como una invitación a la especulación, al comentario jocoso o incluso a proyectar fantasías personales, obviando por completo su contexto, su opinión o sus límites. Como si hablar de orientación fuera sinónimo de abrir un escaparate.

Este patrón no es nuevo. Cuando una mujer, y especialmente una mujer deportista, habla de su sexualidad, el gesto rara vez se percibe como normalidad. Se convierte en debate, en polémica o, directamente, en ‘tema’. Mientras tanto, los hombres que hablan abiertamente de sexo, deseo u orientación suelen hacerlo sin levantar cejas. En su caso, se interpreta como algo natural, incluso esperado. La diferencia de lectura es tan evidente como persistente.

Desde JOYclub, comunidad basada en la sexualidad liberal, se observa con claridad cómo la sexualidad femenina sigue tratándose como un territorio excepcional, sujeto a escrutinio constante. El foco no se pone en el mensaje, sino en el cuerpo, la orientación o la supuesta disponibilidad de la mujer que habla. La visibilidad sexual femenina continúa activando imaginarios que no se activan cuando quien habla es un hombre.

Este doble rasero no es anecdótico ni inocuo. Tiene consecuencias directas en la forma en que muchas mujeres se relacionan con su deseo, con su cuerpo y con la expresión pública de su intimidad. Cuando cada palabra puede ser reinterpretada, amplificada o malentendida, la autocensura aparece como mecanismo de defensa. No porque falte deseo, sino porque sobra juicio externo.

El caso de Aitana Bonmatí funciona como espejo cultural. No revela tanto quién es ella, sino qué proyectamos colectivamente cuando una mujer nombra su sexualidad sin pedir permiso. Y revela también una confusión persistente: la de equiparar visibilidad sexual con disponibilidad sexual. Una confusión que sigue pesando especialmente sobre las mujeres y que condiciona tanto la educación sexual como la autoestima y la libertad individual. Quizá la verdadera pregunta no sea qué le gusta a Aitana Bonmatí, sino por qué se sigue pensando que hay que debatirlo.