La sostenibilidad en cosmética lleva años funcionando como un idioma propio. Etiquetas verdes, palabras amables… y promesas difíciles de verificar. El problema no es la intención, es la falta de métricas comparables.

En ese contexto aparece el Green Impact Index, un sistema que intenta traducir la sostenibilidad en datos claros, medibles y, sobre todo, comparables.

La lógica es sencilla sobre el papel, pero exigente en la práctica. El índice evalúa productos cosméticos a través de criterios ambientales y sociales que abarcan todo el ciclo de vida, desde el origen de los ingredientes hasta el packaging, la fabricación o el impacto en biodiversidad. El resultado se traduce en una puntuación que permite al consumidor entender qué hay realmente detrás de cada fórmula.

Sobre el papel, suena a avance necesario. En la práctica, no todo el sector lo ve igual. Desde Amapola Bio, su CEO Ana Isabel de Andrés introduce una lectura bastante menos complaciente: ‘Pienso que se va a quedar en una herramienta de comunicación más sofisticada… un poco para lavar la cara a lo que vienen haciendo muchas marcas con el greenwashing. No creo que vayan a cambiar ni sus ingredientes ni su forma de producir’.

La crítica no es menor. Porque pone el foco en uno de los puntos débiles estructurales de este tipo de sistemas: quién mide y cómo se mide. ‘Este tipo de índice quiere revisar tantos aspectos que realmente no profundiza en ninguno’, señala, añadiendo además una cuestión clave: la ausencia de un tercero independiente en la evaluación. En otras palabras, más amplitud no siempre equivale a más rigor.

 

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Frente a esto, marcas con certificaciones ecológicas consolidadas reivindican otro tipo de exigencia. ‘Nuestra certificación ya evalúa ingredientes, packaging, marketing, producción… y muchas cosas que ni siquiera están reflejadas en el Green Impact Index’, explica la CEO de Amapola Bio, subrayando la diferencia entre un sistema declarativo y uno auditado externamente.

El debate se vuelve especialmente interesante cuando se baja al terreno de la formulación. Porque ahí es donde la sostenibilidad deja de ser narrativa y se convierte en decisión. ‘Si realmente quieren cumplirlo, tendrían que modificar totalmente sus formulaciones… La base de muchas sigue siendo petroquímica. Mientras eso no cambie, no hables de sostenibilidad’, afirma. Es una línea bastante clara, porque no basta con añadir un extracto vegetal si el resto de la fórmula sigue jugando en otra liga.

También introduce una variable poco cómoda: el consumidor. ¿Está preparado para este nivel de lectura? La respuesta es matizada. ‘El consumidor mayoritario no está preparado… va más a precio o a claims emocionales. Pero hay un consumidor comprometido que está creciendo y que sí busca transparencia real’. Dos velocidades conviviendo en el mismo lineal.

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Ana Isabel de Andrés, CEO de Amapola Bio

En ese contexto, la transparencia se convierte en un concepto resbaladizo. No tanto por falta de información como por exceso de simplificación. ‘Se puede ser totalmente transparente… pero la sostenibilidad real es más cara porque implica compromisos y cambios en los procesos’, explica. Traducido, no es una cuestión de discurso, es una cuestión de estructura.

Y luego está lo que se pierde al intentar medirlo todo. Probablemente, el punto más incómodo de todos. ‘La sostenibilidad es algo que se puede mantener en el tiempo sin dañar la naturaleza ni la salud… eso es difícil de evaluar con números. Para mí es más interesante contar una historia de transparencia que quedarse en una puntuación’. Aquí el índice revela su límite, puesto que convierte algo complejo en algo legible, pero también necesariamente simplificado.

En paralelo, el problema de fondo sigue intacto. ‘El engaño no es hacia la propia empresa, que sabe lo que hace, sino hacia el consumidor. Y eso tiene un nombre: greenwashing’. El índice intenta ordenar ese terreno, pero no necesariamente lo resuelve.

Mirando a futuro, el escenario regulatorio tampoco parece despejarse a corto plazo. ‘Las marcas que estamos certificadas llevamos tiempo pidiendo una legislación clara… pero soy escéptica. Y si llega, probablemente no será tan exigente como debería’. Aquí entran en juego factores menos visibles, como lobbies, intereses industriales y la dificultad de imponer estándares realmente estrictos.

Así que, ¿qué es realmente el Green Impact Index? Probablemente, más que una solución definitiva, es un síntoma. Señala que la sostenibilidad ya no se sostiene solo con narrativa. Pero también deja claro que medirla bien sigue siendo una tarea bastante más compleja de lo que parece. Y ahí está la tensión interesante, entre lo que se puede cuantificar y lo que realmente importa. Porque en belleza, como en casi todo, lo más relevante rara vez cabe en una puntuación.