Hay noticias que consiguen que una manzana parezca menos inocente que una temporada completa de una serie de true crime. La última llega a partir de un análisis de datos oficiales realizado por Ecologistas en Acción que arroja que el 69% de la fruta consumida en España contiene residuos detectables de plaguicidas.

El porcentaje no es pequeño. Tampoco es exactamente el apocalipsis. Y entre esos dos extremos conviene moverse con cuidado. ¿Cuál es la decisión más razonable que podemos tomar para no renunciar a la fruta?

En cuestiones de alimentación solemos oscilar entre dos estados mentales. Uno consiste en pensar que todo está perfectamente controlado comiendo ‘alimentos sanos’. El otro, en creer que cualquier fresa del supermercado es poco menos que un arma química. Quien quiere hilar fino tiene soluciones, y las vamos a ver en este post.

fruta-contaminada-españa-2

La paradoja de la fruta perfecta

Nunca hemos tenido tanta información sobre nutrición. Nunca hemos hablado tanto de microbiota, inflamación, longevidad y salud metabólica. Y, sin embargo, buena parte de la fruta que consumimos llega acompañada de residuos de productos utilizados para proteger los cultivos de plagas, hongos e insectos.

Los datos oficiales analizados por Ecologistas en Acción indican que el 46% de los alimentos examinados contenían restos de al menos un plaguicida y que la cifra ascendía al 69% en el caso de la fruta. Además, en un 32% de las muestras aparecían varios plaguicidas simultáneamente. En algunos casos extremos se detectaron hasta 14 sustancias distintas en una misma muestra de uva.

La palabra clave aquí es ‘residuos’. No significa necesariamente que esos alimentos sean peligrosos ni que superen los límites legales. De hecho, la inmensa mayoría cumple la normativa vigente.

Entonces, ¿debemos preocuparnos?

Sí, pero no de la forma que suelen sugerir los titulares más alarmistas.

La propia Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) señalan que más del 96% de los alimentos analizados en Europa cumplen los límites legales establecidos para residuos de pesticidas. El último informe europeo sitúa la tasa de cumplimiento cerca del 99%.

El debate científico actual no gira tanto en torno a una manzana concreta o a una bandeja de fresas aislada. La discusión se centra en la exposición crónica a pequeñas cantidades de múltiples sustancias durante años. Lo que algunos investigadores denominan ‘efecto cóctel’, muchas dosis bajas que individualmente cumplen la normativa, pero cuya interacción a largo plazo todavía genera preguntas abiertas.

Es un problema menos espectacular que una intoxicación aguda, pero potencialmente más interesante desde el punto de vista de la salud pública.

Las frutas que más aparecen en las listas negras

Aunque los resultados varían según los estudios y los países, hay nombres que se repiten con frecuencia. Las uvas suelen ocupar posiciones destacadas debido a la cantidad de tratamientos que reciben durante el cultivo. También aparecen habitualmente las fresas, las manzanas, las peras, los melocotones y las nectarinas.

No es casualidad. Son frutas delicadas, muy susceptibles a plagas y enfermedades, y además llegan al consumidor con un estándar estético casi imposible. Queremos fresas idénticas, grandes y de un fucsia nuclear. Uvas turgentes. Manzanas que parezcan diseñadas por un departamento de ingeniería industrial. La agricultura moderna ha aprendido a producir esa perfección visual. La factura, en ocasiones, llega en forma de tratamientos fitosanitarios.

El problema quizá no sea la fruta

Hay algo curioso en todo este temita. Mucha gente lee titulares sobre pesticidas y concluye que debe comer menos fruta. Es, justo, la conclusión equivocada.

Los beneficios de consumir frutas y verduras siguen siendo abrumadoramente superiores a los riesgos asociados a los residuos de pesticidas. De hecho, ningún organismo sanitario serio recomienda reducir su consumo por este motivo. La amenaza no es la fruta. La amenaza sería sustituir una nectarina por una bolsa de snacks ultraprocesados porque nos ha dado miedo la nectarina. Una especie de giro argumental nutricional digno de Kafka.

Qué podemos hacer sin volvernos locos

La buena noticia es que existen medidas razonables para reducir la exposición. Lavar bien la fruta sigue siendo útil. No elimina todos los residuos, pero sí puede reducir una parte importante de los que permanecen en la superficie.

Algunos expertos recomiendan dejar ciertas frutas durante unos minutos en agua con bicarbonato antes de aclararlas abundantemente. Pelar frutas como manzanas o peras también disminuye la cantidad de residuos, aunque supone perder parte de la fibra y algunos compuestos beneficiosos presentes en la piel.

Cuando el presupuesto lo permite, priorizar productos ecológicos en las frutas que suelen presentar mayores niveles de residuos puede ser una estrategia inteligente. No hace falta convertir toda la cesta de la compra al modo bio radical. A veces basta con seleccionar bien dónde invertir esos euros extra. Dado que los pesticidas se quedan en la piel, si vas a dar el cambiazo a frutas ecológicas, prioriza las frutas de piel fina y comestible.

También ayuda comprar productos de temporada y proximidad. Cuanto más corto es el recorrido entre el campo y la mesa, menor suele ser la necesidad de determinados tratamientos de conservación.

Y, sobre todo, conviene variar. Una dieta diversa reduce la exposición repetida a las mismas sustancias y, de paso, beneficia a la microbiota.