Cuando pensamos en lo que estropea el cabello, solemos señalar a los sospechosos evidentes: sol, cloro, salitre y ¡ asunto resuelto! Pero la realidad es menos fotogénica que el corte de pelo de moda y bastante más elocuente. El pelo se estropea sobre todo por acumulación de pequeños gestos cotidianos que rara vez entran en el radar.
Los expertos de Leonor Greyl insisten en que el problema no es un único agresor, sino la suma de varios factores que debilitan la fibra capilar y alteran el cuero cabelludo sin levantar sospechas. Así, tu pelo se estropea y no te das cuenta hasta que toca tomar decisiones drásticas.
Uno de los grandes enemigos silenciosos son los contrastes térmicos. Pasar del frío húmedo del exterior al calor seco de interiores con calefacción deshidrata el cabello, le resta brillo y lo vuelve más frágil. No ocurre de golpe, pero va perseverando en el deterioro si no se le pone freno.
El agua demasiado caliente merece también su propio aviso. Puede inflamar las glándulas sebáceas y provocar descamación, picor o un efecto rebote de grasa. El cuero cabelludo interpreta la agresión y responde produciendo más sebo. Agua templada y un último aclarado tibio o ligeramente frío suele ser una decisión bastante más sensata.

El estrés tampoco se queda fuera. El aumento de cortisol acelera la degradación del colágeno y debilita la estructura capilar. Cuando el pelo se afina, se quiebra o pierde densidad sin una causa clara, muchas veces el cuerpo está pidiendo calma, no otro producto milagro.
Las herramientas térmicas juegan su papel cuando se usan sin control. Secadores demasiado calientes, planchas a diario o rizadores sin protección previa resecan la fibra capilar hasta dejarla áspera y sin vida. Suena triste, pero es física básica aplicada al pelo.
El frío, además, reduce la circulación sanguínea en el cuero cabelludo. Llegan menos nutrientes al folículo y el resultado suele ser un cabello más débil, fino y apagado. Como sudamos menos, también disminuye la producción natural de grasa y con ella el brillo. De ahí los picores, la caspa o incluso la dermatitis en algunos casos.
Conviene vigilar también lo que usamos para lavar. Muchos champús convencionales contienen sulfatos agresivos que eliminan la protección natural del cabello. Las siliconas no solubles crean una falsa sensación de suavidad mientras impiden que el pelo se hidrate de verdad. Y los parabenos pueden alterar el equilibrio de los cueros cabelludos sensibles
Gorros y bufandas, tan útiles en invierno, tampoco son inocentes. El roce constante y la electricidad estática favorecen el encrespamiento, la sequedad y la rotura, sobre todo en cabellos ya debilitados.
Y luego está la contaminación. Las partículas del ambiente, el humo y los gases se acumulan en el cuero cabelludo, generando irritación e inflamación que, mantenidas en el tiempo, pueden afectar al crecimiento y favorecer la caída.
La conclusión no es dramática, pero sí clara. El pelo no se estropea solo en vacaciones ni se arregla con un gesto heroico. Se deteriora poco a poco, mientras no miramos. Compensar con hidratación frecuente, fórmulas respetuosas y productos que protejan y refuercen la fibra capilar es menos épico que ignorarlo… pero bastante más eficaz.
