A veces, los perfumes no solo se huelen. También transmiten una suerte de modelo de conducta. Reparten papeles y, con suerte, nos hacen sentir que encajamos mejor en alguno de ellos. En ese sentido, Good Girl y Bad Boy, las dos grandes sagas de Carolina Herrera, funcionan como un pequeño manual contemporáneo de estereotipos tan desfasados como bien vestidos. Eficaces, seductores y, a fuerza de repetirse, cada vez más evidentes.
La edición de coleccionista Dazzling Garden, en el marco de Good Girl, Bad Boy, refuerza esta lógica desde lo simbólico. El jardín encantado, los tonos violetas metálicos, el brillo casi celestial y los frascos convertidos en objetos fetiche no son inocentes.
Good Girl aparece de nuevo encapsulada en su icónico stiletto, ahora adornado con una flor dorada. Una feminidad sofisticada, nocturna, sensual, pero cuidadosamente coreografiada. La mujer es compleja, sí, pero siempre bella, buena, deseable y bajo control

El propio discurso oficial lo subraya: jazmín y cacao, almendra y café, luz y oscuridad, dulzura y picardía. La famosa dualidad femenina. El problema no es reconocer que somos contradictorias. El problema es que esa contradicción se empaquete una y otra vez dentro del mismo molde estético. La ‘chica buena’ puede jugar a ser mala, pero sin despeinarse demasiado ni abandonar el tacón.
En paralelo, Bad Boy sigue construyendo el arquetipo masculino desde otro lugar igual de reconocible. El frasco en forma de relámpago, que desafía la gravedad, habla de potencia, ruptura y un peligro cuidadosamente estilizado. Las notas de salvia, cuero y ese guiño provocador al cannabis dibujan a un hombre rebelde, intenso, magnético. ‘Está bien ser malo’, nos dicen. Siempre que el mal tenga carisma, diseño y éxito comercial.
Aquí es donde el enfoque sociológico empieza a incomodar. Porque estos relatos no solo describen fantasías, las jerarquizan. A ellas se les permite ser complejas dentro de la estética de la corrección. A ellos, romper las normas y salir reforzados. Un esquema que no nace en la perfumería, pero que la perfumería lleva décadas amplificando con una eficacia admirable.

Con delicadeza y salvando todas las distancias, esta narrativa conecta con figuras culturales muy anteriores, como Julio Iglesias. Durante años, su imagen pública consolidó el mito del seductor incansable, del ‘chico malo’ pervertido por el éxito, frente a una feminidad que debía oscilar entre lo respetable y lo deseable. No es una acusación, es una herencia cultural. Y las herencias, cuando no se revisan, se perpetúan.
Lo interesante es que Good Girl y Bad Boy no pretenden ser reaccionarios. Son productos inteligentes, bien formulados, con una estética poderosa y un olfato comercial finísimo. Pero quizá por eso mismo merece la pena leerlos hoy con más capas. Preguntarse por qué estos nombres siguen funcionando tan bien, qué aspiraciones activan y qué roles siguen validando sin levantar la voz.
Tal vez el siguiente paso no sea abandonar estos perfumes, sino olerlos con más conciencia. Entender que el verdadero lujo, en 2026, podría estar en dejar atrás la necesidad de ser buena o un malote para resultar deseable. Y permitirnos, por fin, algo mucho más interesante: ser ambiguos sin etiqueta, complejos sin guion y profundamente humanos.
¿Chica buena y chico malo? Después nos extrañamos de ver cómo sube la violencia de género, modelos aspiracionales de este tipo lo ponen bastante a tiro o es que lo he entendido mal. Julio Iglesias es un seductor bueno, malo o lo que surja… ¡Ains! Así nos va. Me va, me va, me va… que dice la canción del Gran Julio. Quieres que te den caña, pues Carolina Herrera te invita a sprayarte en ese aroma de roles opresores.
